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30 de abril de 2012 | Volumen 87, Número 13

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THE CATHOLIC  DIOCESE OF  RICHMOND

– Necrology

HISPANIC  APOSTOLATE

¿Qué es el matrimonio?

En la Iglesia Católica cuando hablamos del matrimonio pensamos en el sacramento del matrimonio. Pero antes de que hablemos del sacramento en sí, debemos reflexionar sobre la definición del matrimonio.

El matrimonio existía antes de los sacramentos, antes de la iglesia, antes de que Dios estableciera la alianza con Abraham. Cuando Dios creó el hombre y la mujer estableció la alianza nupcial que llamamos “matrimonio”.

El primer capítulo del libro de Génesis nos dice que “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó macho y hembra los creó.” (Gn 1,27) El ser humano, hombre y mujer, fue creado a imagen de Dios. Fueron creados iguales. Fueron creados para formar una pareja. El hombre a ver la mujer exclamó “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.” (Gn 2, 23) Por eso, la Iglesia católica dice que “la alianza matrimonial, por la que el hombre y la mujer se unen entre sí para toda la vida, recibe su fuerza y vigor de la creación.”

El matrimonio no es solamente una figura jurídica establecida en la legislación civil, sino algo creado por Dios. El matrimonio es “un consorcio de por vida, ordenado por su misma índole natural por el bien de los cónyuges, de la generación y educación de la proles.” (can. 1055) El matrimonio debe ser la unión de un solo hombre con una sola mujer para toda la vida, para el bien de ambas partes y siempre abiertos a recibir de Dios y educar a los hijos.

El matrimonio se realiza en el momento en que el hombre y la mujer se entregan y se aceptan mutuamente. Esto es lo que llamamos “el consentimiento matrimonial” y es este mismo consentimiento el que efectúa un matrimonio. El hombre y la mujer tienen que entregarse completamente y libremente uno al otro. También tienen que aceptarse completamente y exactamente como son. No puede ser una entrega provisional o temporánea. Una de las formulas tradicionales lo expresa bien:

“Yo, N., te recibo a ti N. como legitimo(a) esposo(a) y me entrego a ti...”

También las arras que se entregan en algunos países representan esa entrega total no solamente de su ser sino también de sus bienes.

Puesto que entendemos el matrimonio así, la Iglesia católica reconoce como matrimonio valido y verdadero no solamente el matrimonio de católicos sino el matrimonio de cualquier hombre y mujer capaces de casarse. El matrimonio es un derecho natural de todo ser humano.

En el próximo artículo trataré el matrimonio como sacramento.

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foto: Sr. Obispo Joseph J. Madera, M.Sp.S.(4º de 5)
¡Solo Dios puede perdonar los pecados!

Los sacerdotes también pueden perdonar los pecados, en nombre de Dios.

Las iglesias Protestantes que brotaron en el siglo 16, como se separaron directamente de la Iglesia Católica, respetan ciertos elementos del Sacramento de la Penitencia. Varias denominaciones evangélicas, derivadas de otras separadas, se oponen por completo al Sacramento de la Penitencia o Confesión. Ellos dicen que se confiesan directamente con Dios. Insisten en que sólo Dios puede perdonar los pecados.

El error que cometen los que no aceptan que el sacerdote puede perdonar los pecados, en nombre de Dios, es el mismo problema que tuvieron los judíos cuando Jesús perdonó al paralítico de Cafarnaúm. No reconocieron en Jesús al Hijo de Dios y ahora no reconocen a la Iglesia como continuadora de la obra de Cristo, como instrumento de redención del género humano.

Por supuesto, el sacerdote, como hombre, no puede perdonar los pecados. El que perdona es Dios, por medio del sa-cerdote. La gracia de perdonar los pecados se le da al sacerdote no para su propio bien, sino a favor de los demás. No puede absolverse a sí mismo. El Papa mismo se confiesa con otro sacerdote.

El IV Concilio de Letrán (1215) reglamentó la práctica del sacramento de la Penitencia. Pero eso era algo que siempre había creído y practicado la Iglesia. Algunos Protestantes dicen que en ese tiempo la Iglesia inventó la confesión. Eso es invención suya.

La Iglesia ha delineado, con el correr de los tiempos, la forma de ejercer ese mandato de Cristo, pero es algo que siempre ha practicado desde el principio del cristianismo.

Jesús, cuando instituyó la Eucaristía, simplemente dijo: “Haced esto en recuerdo mío” (1 Co 11, 24). Lo mismo ordenó acerca del bautismo, del perdón de los pecados y de otras muchas cosas. No nos dijo cómo lo hiciéramos. La Iglesia ha buscado, con toda sinceridad, la forma como lo debemos hacer, oficialmente y con unidad, en nombre del Señor.

A San Pedro le dio el poder de las llaves: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”(Mt 16, 19). Luego extendió esa facultad a los demás discípulos que tenían que guiar a los creyentes: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tie-rra quedará desatado en el cielo.” (Mt 18,18). El texto clave acerca de la facultad que tiene el sacerdote para perdonar los pecados se encuentra en el evangelio de San Juan. Veamos cómo el Señor los envió a perdonar los pecados: “Cómo el Padre me envió, también yo os envío” Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22). Esa fue su misión inicial y principal.

la Iglesia reserva el ministerio de perdonar los pecados a los que han sido debidamente ordenados sacerdotes. Esa facultad depende del sacramento de las Ordenes Sagradas. El obispo y el sacerdote lo pueden hacer, no el diácono. El perdón no depende de la santidad o no santidad del sacerdote sino del mismo Cristo que lo delega.

CELO POR LA GLORIA DE DIOS

Ex 20, 1-17 1 Cor 3, 22-25 Jn 2, 13-25

Las Sagradas Escrituras nos hablan con mucha frecuencia acerca del favor de Dios al apiadarse de su pueblo (los des-cendientes de Jacob) que se encontraban bajo el dominio de los egipcios, reduc-cidos a la esclavitud. “Con brazo potente” y con prodigios asombrosos los liberó de tan fuerte y crítica situación. Los prodi -gios que hizo por ellos, no tienen compa-ración con otra intervención divina en fa-vor de sus elegidos.

Pero la liberación de Egipto no fue única-mente e librar de la esclavitud social y política. Significaba la ruptura con un mundo lleno de injusticias y pecados que se funda solamente en “la ley del más fuerte”. Por eso, el pueblo liberado debía renunciar a las costumbres por las que el hombre quiere vivir imponiendo sus pro-pias leyes, sus conveniencias humanas.

Al llegar al monte Sinaí, Dios estableció sus propias leyes según las cuales, su nuevo Pueblo de Dios, debía conducirse. Le dio a Moisés el Decálogo. Dios mani-festó claramente quién era El para ese “Pueblo escogido”. “Yo soy tu Dios”; “Soy un Dios celoso” que castiga hasta la tercera y cuarta generación...pero soy misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos”. Se trata de un cambio, de la forma como debe vivir ese pueblo liberado de la corrupción de la injuscia y del abuso humano. Los Diez Mandamientos.

Dios sacó de Egipto a los descendientes de Jacob para hacerlos “muy suyos”, como pertenencia perene y para que le rindieran obediencia y culto, como se debe hacer para con su Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en una situación especialísima. Se acercaba la celebración de la Pascua y Jesús y sus discípulos se dirigían a la ciudad de Jerusalén para celebrar la fiesta conmemorativa de la liberación de Egipto. Jesús, desde muy joven tenía la costumbre de ir cada año a Jerusalén para celebrar la Pascua. La gente llegaba de todas partes. Hasta una gran multitud de no judíos iba a tal celebración. Era un muy buen oportunidad, también, para los mercaderes. Llegaba a reunirse hasta un millón de gentes. Eso era inaudito de esas regiones y en esos tiempos.

El templo de Jerusalén era algo muy sagra para los judíos. Para Jesús, ese lugar era “la casa de su Padre”. Todos los judíos debían ofrecer víctimas de alabanza a Dios al ir a visitar el templo. No se debían presentar con las manos vacías. Los ricos ofrecían víctimas de buena apariencia y costosas. Los pobres debían presentar, aunque fuese solamente unas palomas. Los abusos de los comerciantes, especialmente el de los cambistas, dominaban el ambiente. Para Jesús, el templo era “un lugar de oración” y alabanza a su Padre, no “nido de convenencieros y usureros”. Eso le dio en rostro a Jesús. Todo eso, era una verdadera profanación de la casa de su Padre: Forjó un látigo, con cordeles y se lanzó a “golpe abierto” contra los profanadores del templo” Volcó las mesas de los cambistas, a los que vendían palomas solo les urgió que se salieran de ese lugar. Los trató con más respeto porque ellos asi no hacían dinero con el pobre.

A quienes le reclamaron a Jesús por hacer eso y le pedían una prueba de que tenía autoridad para actuar con tal ira, les pro-metió la prueba máxima que les podía dar: Su resurrección. Esa sería la prueba máxima de su poder y auto-rización para actuar en tal forma. El es el Hijo del dueño de ese templo, que ellos deshonraban.

Si puede reconstruirse a sí mismo, en tres días, no es nada El el reconstruir el templo , en ese mismo tiempo.

Jesús nos ama con amor especial porque hemos sido transformados en templo de la divinidad, por la unción del Bautismo y por el sello del Espíritu Santo, recibido en el día de nuestra Confirmación.

“¡Nadie ose profanar este, nuestro cuerpo, templo de Dios!”.

(Continuará)

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