| 28 de enero de 2008 | Volumen 83, Número 7 | |
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El cambio de corazones y de manera de hablar vistos como clave para el debate sobre la inmigración
WASHINGTON (CNS) — El futuro inmediato aparece un tanto siniestro para los que trabajan esforzándose en mejorar la suerte de los inmigrantes en los Estados Unidos.
“El debate en los Estados Unidos está llegando a ser casi peligroso”, dijo el exembajador y antiguo secretario adjunto de Estado, Princeton Lyman, ante un público de empleados de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, el 9 de enero. Lyman es en la actualidad consocio adjunto de más jerarquía en el Consejo de Relaciones Exteriores. El que fuera embajador en Nigeria y África del Sur describió lo que se dice acerca de los inmigrantes, por boca de dirigentes políticos, como “muy inquietante”. “Algunos de ellos se ven alimentados por inclinaciones racistas; pero otros simplemente están preocupados ante la posibilidad de un flujo de inmigrantes que no tenga fin”, dijo. En este ambiente cargado, aparece el obispo John C. Wester de Salt Lake City, nuevo presidente del comité de inmigración de los obispos de Estados Unidos. Y lo hace con optimismo arraigado en la postura de base en la fe de la iglesia para su ayuda a los inmigrantes, confiado en que eso cambiará el corazón y la actitud de las personas en los Estados Unidos. “El asunto se trata de construir puentes y no muros de contención”, dijo, resumiendo el enfoque que él cree los Estados Unidos necesitan para resolver la maraña de leyes de inmigración, normas de aplicación y situaciones humanas. Las enseñanzas fundamentadas en las palabras y acciones de Jesús y en la historia de la Iglesia Católica de dar la bienvenida a los inmigrantes, le da a la iglesia una ventaja al tratar de conformar actitudes y normas de aplicación pública, dijo el obispo Wester. Así que se necesita empezar con dirigencia a nivel parroquial, recordándoles a los católicos que el mismo Jesús fue refugiado de niño cuando su familia huyó a Egipto para evitar la persecución; y recordarles que Jesús también vivió sus años de ministerio público como mígrate, yendo de un lugar a otro. “Necesitamos esforzarnos para lograr conversiones del corazón”, dijo. En su plática a principios de semana, Lyman sugirió un acercamiento que la Iglesia Católica puede tomar al tratar de cambiar el tono del debate sobre inmigración: reemplazar la palabra “amnistía” con la pa-labra “perdón”. “¿Por qué amnistía es una mala palabra?”, preguntó. Porque “la acompaña el sentido de ilegalidad, pero su raíz está en el perdón. Debemos usar más este término de perdón”. El obispo Wester hizo notar que las personas que descartan con burla el proceso de amnistía ignoran las penalidades que van incluidas en tal propuesta: se les requeriría a los inmigrantes que pagaran multas e impuestos atrasados y que esperaran su residencia legal permanente tras las personas que hicieron su solicitud y permanecieron en su país respectivo. “Si uno quebranta la ley y se presenta en el juzgado, puede que se le aplique un periodo de libertad condicionada, multas o sentencia para hacer trabajo comunitario”, dijo el obispo Wester. “Eso es un tipo de amnistía que aceptamos”. Las propuestas para legalizar a inmigrantes ilegales son en gran parte lo mismo, dijo. Lyman también recomendó conectar el defectuoso sistema de inmigración con otra esfera de delitos o crímenes. “Existe un lazo entre el sistema de inmigración inoperante, el tráfico con seres humanos, el comercio con drogas y otros actos criminales”, dijo. “Se necesitan establecer claramente las conexiones”. |