| 29 de enero de 2007 | Volumen 82, Número 7 | |
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Mensaje del Papa Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial de los Migrantes y RefugiadosEn ocasión de la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados, con la mirada puesta en la Sagrada Familia de Nazaret, quisiera invitarlos a reflexionar sobre la situación de la familia migrante. El evangelista Mateo narra que, poco tiempo después del nacimiento de Jesús, José se vio obligado a salir de noche hacia Egipto llevando consigo al niño y a su madre, para huir de la persecución del rey Herodes. Comentando esta página evangélica, mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Papa Pío XII, escribió en 1952: “La familia de Nazaret en exilio, Jesús, María y José, emigrantes en Egipto, son el modelo, el ejemplo y el consuelo de los emigrantes y peregrinos de cada época y país, de todos los prófugos de cualquier condición que, acuciados por las persecuciones o por la necesidad, se ven obligados a abandonar la patria, la amada familia y los amigos entrañables para dirigirse a tierras extranjeras”. En el drama de la familia de Nazaret, obligada a refugiarse en Egipto, percibimos la dolorosa condición de todos los migrantes, especialmente de los refugiados, de los desterrados, de los evacuados, de los prófugos, de los perseguidos. Percibimos las dificultades de cada familia migrante, las penurias, las humillaciones, la estrechez y la fragilidad de millones y millones de migrantes, prófugos y refugiados. La Familia de Nazaret refleja la imagen de Dios custodiada en el corazón de cada familia humana, si bien desfigurada y debilitada por la emigración. El tema de la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados — La familia migrante — pretende acentuar ulteriormente el compromiso de la Iglesia no sólo a favor del individuo migrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de va-lores. Muchas son las dificultades que encuentra la familia del migrante. La lejanía de sus componentes y la frustrada reunificación son a menudo ocasión de ruptura de los vínculos originales. Se establecen nuevas relaciones y nacen nuevos afectos; se olvida el pasado y los propios deberes, puestos a dura prueba por la distancia y la soledad. Si no se garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y participación, es difícil prever su desarrollo armónico. La convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares, entrada en vigencia el 1 de julio de 2003, pretende defender a los trabajadores y trabajadoras migrantes y a los miembros de sus respectivas familias. Se reconoce, por tanto, el valor de la familia también en lo que atañe a la emigración, fenómeno ahora estructural de nuestras sociedades. La iglesia anima la ratificación de los instrumentos legales internacionales pro-puestos para defender los derechos de los migrantes, de los refugiados y de sus familias, y ofrece, a través de varias de sus instituciones y asociaciones, la abogacía que se hace cada vez más necesaria. Se han abierto, para tal fin, centros donde se escucha a los migrantes, casas para su acogida, oficinas de servicios para las personas y las familias, y se han puesto en marcha otras iniciativas para satisfacer las crecientes exigencias en este campo. Actualmente, se está trabajando mucho por la integración de las familias de los inmigrantes, pero queda aún mucho por hacer. Existen dificultades efectivas relacionadas con algunos “mecanismos de defensa” de la primera generación inmigrada, que pueden llegar a constituir un obstáculo para una subsiguiente maduración de los jóvenes de la segunda generación. Es por tanto necesario predispo-ner acciones legislativas, jurídicas y sociales para facilitar dicha integración. En estos últimos tiempos ha aumentado el número de mujeres que abandonan su país de origen en busca de mejores condiciones de vida, en pos de perspectivas profesionales más alentadoras. Pero no son pocas las mujeres que terminan siendo víctimas del tráfico de seres humanos y de la prostitución. En las reunificaciones familiares los asistentes sociales pueden brindar un beneficioso servicio de mediación que merece más y más nuestra gratitud. Queridos hermanos y hermanas, que la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados se convierta en una ocasión útil para hacer conciencia en las comunidades eclesiales y la opinión pública con respecto a las necesidades y problemas, así como al potencial positivo de las familias migrantes. Dirijo de modo especial mi pensamiento a quienes están comprometidos directamente con el vasto fenómeno de la migración, y a aquéllos que emplean sus energías pastorales al servicio de la movilidad humana. Las palabras del apóstol Pablo: “caritas Christi urget nos” nos exhortan a darnos preferencialmente a nuestros hermanos y hermanas más necesitados. Con estos sentimientos, invoco sobre cada uno de ustedes la divina asistencia, e imparto a todos con cariño una especial Bendición Apostólica.
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